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Un Fantasma Movió Un Vaso

Hace algunos días, estando detrás de la barra con mi novia y él, conversando y sacando cuentas, veo que él se vuelve y está a punto de volcar un vaso que acaba de llenar de whisky. El vaso se movió solo, antes de que lo tocara con su codo. Le dije, muy serio: “Es tu mujer, que te viene ayudar”. Él se lleva las manos a la cabeza. No le gusta hablar del tema. Él estaba muy asustado, pues también alcanzó a percibir el movimiento espontáneo del vaso.

Un Fantasma Me Tocó El Brazo

Hace algunos meses atrás, murió una amiga muy querida. Fui a saludar a su hombre, también amigo. Estaba en su local (es propietario de un restaurante), en un cuartito trasero donde suele recibir a los amigos y descansar mirando tele. Hay ahí un sofá. Cuando entré estaba dormitando. La tele estaba encendida. Le saludé, despertó, intercambiamos unas palabras, me dijo que el programa era interesante (era una noticia regional), me senté a su lado, dejando el sitio del centro entre él y yo. Me puse a mirar tele. De pronto siento que me tocan el brazo, fuertemente, no jalándome. Más bien, como se tocan los amigos cuando se quiere transmitir cariño por medio de un apretón de manos o de un abrazo, muy cálido. Me volví rápidamente, pensando que mi amigo requería mi atención. Pero estaba durmiendo. Creo que era mi amiga muerta.

Se Me Apareció El Fantasma De Un Presidiario Francés

Estando en otra ocasión en un pueblo en la selva, me ocurrió lo siguiente: había quedado con un amigo que me pasaría a recoger en lancha a las 4 de la mañana, para llevarme a una pequeña ciudad fronteriza. Alojaba yo en ese momento en la casa del cura (que pasaba por el pueblo una vez al año), una casita muy monona a menos de cinco metros de la ribera del río. La noche anterior, hice mi equipaje y lo deje al lado de la puerta. Todo lo que quedó por hacer, para cuando llegara mi amigo, era recoger la hamaca. (Y lo hago muy rápido, a la manera india). A las cuatro, oigo a mi amigo, que me llama por mi nombre. Me levanto de un brinco, recojo la hamaca, salgo. Hay ahí un pequeño brazo de tierra, una bahía diminuta, frente a la casa del cura. Es muy fácil atracar, porque uno llega a su playa empujado por la corriente. Al contrario, salir cuesta bastante, por lo mismo, porque hay que empujar contracorriente. Veo a mi amigo, envuelto en un cortavientos de amarillo estridente, con capucha, bajándose del lancha y empujándola sobre la arena. Cerciorado de que es él, lo saludo y me vuelvo a recoger las maletas. Esto es, di cinco pasos o algo así, asomé mi cabeza por la puerta recorriendo los pocos muebles, cogí las mochilas y me volví. No había nadie. Era noche todavía y estaba muy oscuro. Me dio rabia. Pensé que era una broma de mi amigo. Le grité varias cosas, pero no me respondió. No estaba en ninguna parte. Me quedé parado fuera, contrariado, tratando de saber qué cosa se traía entre manos. Apareció hacia las siete de la mañana, explicándome que se había quedado dormido (porque la noche anterior se había montado una fiesta en su casa). Para convencerme, me llevó a corroborar la historia que me contó con varios vecinos del pueblo. Me dijo que en ese lugar, en los alrededores de la casa parroquial, se aparecía un fantasma desde hacía muchos años. Que era juguetón y que se entretenía en aterrorizar a los pasantes. Era el espíritu de un preso francés de la Isla del Diablo, o de una de islas prisiones de los franceses de los siglos 19 y 20, que se había escapado, que había sido capturado y condenado a morir engrillado en un saco. Me dijo que a los que intentaban fugarse los metían en un saco y los arrojaban al mar. Cómo llegó a saberlo, no lo sé. Seguramente lo oyó de su padre. O de vecinos de la aldea. Fue un saco el que llegó con su cadáver a esa orilla del río, con las manos y los pies atados. Fue enterrado ahí. Que se aparezca o deje oír en torno a la casa parroquial es ciertamente casual. Se le había aparecido a cantidad de gente del pueblo. Y los vecinos corroboraron su historia. Años después los vecinos sacaron un folleto donde recopilaban los encuentros con ese fantasma y ahí, según me dijo un amigo, mencionaban mi encuentro. Luego me contaron que habían cambiado de lugar aparentemente sus restos, que habían terminado de quedar en la playa. Y que desde entonces no se aparece. Poco después de esa aparición, volví a la aldea. Y pude confirmar, una segunda vez, que sí era un espíritu juguetón, porque me sometió varias veces a sustos terribles, muy infantiles, como apagar la farola cuando pasaba alguien por ahí (a unos veinte metros de la casa del cura, hay un sendero que conduce al pueblo vecino), o reír a carcajada batiente en tus orejas.

Mi Abuelo Muerto Me Previno De Un Incendio

Hace algunos años estaba con mi ex mirando tele en la sala. Eran, creo, las ocho o nueve de la noche. Era verano y la ventana del balcón estaba abierta. Siento de pronto, inexplicablemente (en ese momento no me interesaban los temas paranormales y tengo además una orientación más empirista, pero soy honesto conmigo mismo), que está mi abuelo ahí (había muerto hacía muchos años, en otro país). Para mi sorpresa, me insiste en que debo seguirle. No dudo demasiado. Le digo a mi ex: “Mira, te voy a decir algo absurdo, pero creo que mi abuelo muerto está aquí y quiere que lo siga”. No recuerdo lo que me dijo, pero lo imagino, pues también es muy práctica. Le digo: “Ya sé que suena loco, pero lo voy a seguir”. Me levanté y lo seguí. (No es que lo viera; sentía su presencia –era un hombre fuerte, el patriarca de la familia). Llegué así a la cocina. Y por la ventana de la cocina entraban unas llamas terribles, que venían de la casa de al lado, que se incendiaba.